UNA GUERRA QUE NO CONVENCE

SARMIENTO, MITRE Y CORRIENTES.
UN AMOR CON BARRERAS.
En los ’70, la sonoridad de las palabras de aquel descendiente de Sarmiento, pronunciadas incisivamente contra Mitre, hecho que hoy se explica con claridad, pues los sarmientistas tienen fundados motivos para recelar de la figura de don Bartolomé, porque sienten que les hace sombra. Para Alberto Rivera, correntino, investigador de historia del Conicet, el enfrentamiento en las ideas entre Sarmiento y Mitre era algo más que evidente, a lo cual agrega: “con el Ayerecó Cuahá Catú, Mitre desde el diario La Nación aplastaba al Senador por San Juan”.Frente a una figura polémica como la de Sarmiento, altanero y dueño de las verdades, para quien Corrientes fue “donde termina la civilización y comienza la barbarie”, expresiones refutadas por el correntino Manuel Cabral (antepasado del historiador J.S. Cabral) con esta contestación: “es donde comienza la libertad” y luego los motivos de los que dieron su vida por la Libertad, Patria, Constitución, símbolos de la bandera provincial. Para el ensayista contemporáneo Martín Alvarenga, “Latinoamérica comienza en Corrientes”.
Prescindente aún de la historia, de vuelta en Corrientes llegó el momento de escuchar de entendidos, distintos análisis sobre la Guerra de la Triple Alianza, considerada un genocidio dentro de la América Latina, impensable para países vecinos de orígenes comunes, viéndose entonces señalada la figura de Mitre. Teniendo en cuenta que esa guerra contra el Paraguay (1865 – 1870) tuvo mucho que ver con Corrientes, casualmente lo que decide al general es la ocupación de territorios correntinos por el Mariscal López.La guerra de la Triple Alianza fue una lucha inútil contra la nación hermana del Paraguay y, a pesar de ser tan sangrienta, los alumnos del secundario casi la ignoran y si figuran en los programas de Historia, es para comentar la muerte de Dominguito en Curupaytí. Pero desconocen que allí murieron 9.000 soldados argentinos y sólo 90 paraguayos (según los historiadores J.M.Rosa, argentino y V.N.Vaconcellos, paraguayo). Curupaytí fue un “descalabro total” para las fuerzas argentinas (22 de septiembre de 1866). También otras batallas como Tuyutí, Estero Bellaco, Boquerón, fueron muy sangrientas, en las que el pueblo paraguayo defendió con garras su suelo, participando niños y mujeres.Una publicación reciente de un profesor de la Universidad de San Pablo la llamó La Guerra Maldita y otro periodista brasileño consideró a esta guerra como un genocidio de la nación paraguaya. La opinión pública americana y europea consideró vergonzoso el tratado secreto anexo del 1º de mayo de 1865, por el que las tres naciones debían continuar hasta la aniquilación del Paraguay.

El 2 de marzo de 1866 Russell inserta el tratado secreto (en inglés) en un libro denominado Blue Book. El escándalo fue tremendo. Alberdi lo retradujo al español y fue publicado en La América de Buenos Aires en abril. Ese mismo mes, El Pueblo de Buenos Aires comentó “esa obra de cinismo y abyección… hierve la sangre de indignación ante tanto servilismo”.
“En el interior la prensa acusa abiertamente a Mitre de haber provocado la invasión a Corrientes”. “La América del 23 de mayo dice: El libro Azul (Blue book) de una monarquía egoísta, como las tablas del profeta del Sinaí, viene a advertir a la democracia muda o dormida que la venden por treinta dineros”.

FUENTE:Carlos Benjamín Serrano - UNA GUERRA QUE NO CONVENCE -
DIARIO: EL LIBERTADOR - Corrientes, Argentina.


12 de septiembre de 1866 YATAYTY CORÁ UNA GUERRA QUE NO CONVENCE

En la entrevista del 12 de septiembre de 1866 entre el Mariscal López y el General Mitre (en Yatayty Corá), después de 5 horas, habiéndose aparentemente logrado un entendimiento de paz entre las dos naciones, el Imperio de Brasil se opuso a tal negociación y, desafortunadamente continuó la guerra hasta cumplirse el plan prefijado: “La muerte hasta del niño dentro del vientre de la mujer paraguaya”.

El Paraguay en 1865, era la primera potencia militar de Sudamérica, amén de poseer fundición de acero, la primera vía férrea, telégrafo, marina mercante, fue la primera nación que encaró la construcción de trincheras como estrategia defensiva, 50 años antes de la Primera Guerra Mundial. Paraguay era ya una nación autoabastecida, pues su floreciente industria y comercio competía con las naciones industrializadas de Europa (Inglaterra, Francia).
En cuanto a la vida de Mitre rescato que es sorprendente; a la edad de 17 años dio al teatro dos dramas históricos sobre asuntos americanos. Otro dato que no se puede olvidar son las voluminosas historias de Belgrano y San Martín que se dio tiempo para escribir.
Después de la batalla de Pavón en 1861, el congreso decretó en su honor un voto de gratitud, declarando que a él se le debía la organización de la nacionalidad argentina.Vale la pena destacar el detalle de haber sido presidente constitucional en 1862 con el voto unánime y libre de los ciudadanos, incluido el del mismo general Urquiza, a poco de ser vencido por él.
Pero se rescataron también, declaraciones de Sarmiento donde reconocía el uso de la violencia para fraguar un plan de fraude electoral, para que sucedieran las cosas así (ver artículo: Civilización y Barbarie, sobre los dichos de Sarmiento).
Está documentada una entrevista del Mariscal López con Mitre el 12 de Setiembre de 1866, con el objeto de evaluar un posible armisticio; desde luego el comandante de las tropas debía informar a sus aliados y especialmente al Emperador de Brasil quién opone el siguiente reparo: “Abdicaré más bien que tratar con semejantes déspotas”, fracasando de esta forma las posibilidades de llegar a un cese de hostilidades.
Mientras Argentina y sus ciudadanos pueden sentirse en mayor o menor medida, responsables del genocidio, nos hacemos esta pregunta: ¿y el Brasil? Parece que a ellos este virus no les afectó. Sin embargo, mirando los hechos desde otra posición histórica, cambiando el ángulo de la mirada, aparece enseguida aquella idea de una guerra venida de Londres (autor intelectual), un Londres sensible por la pujanza y autonomía del Paraguay, idea muy bien recepcionada y canalizada por vía Brasil. Esta teoría no es tan traída de los cabellos, pues alguien necesitaba de la contienda, y no precisamente Argentina. La historia sin embargo prefiere hacer un infantil hincapié en la presunta insania del mariscal López. El Paraguay literalmente debía ser borrado y el objetivo pudo cumplirse, necesitándose para tal efecto de la participación argentina. Mitre a todo esto, hizo esfuerzos para quedar al margen de dicha responsabilidad. Obviamente había que ofrecerle la comandancia de los ejércitos, porque era un lujo; sí, un lujo y ayudaría a disfrazar la patraña.

FUENTE: Carlos Benjamín Serrano - UNA GUERRA QUE NO CONVENCE-
DIARIO EL LIBERTADOR


22 DE SEPTIEMBRE DE 1866 BATALLA DE CURUPAYTY

Recuerdos del Coronel Juan Crisóstomo Centurión del ejército de la República del Paraguay:
“Antes de ausentarse del ejército en el mes de Febrero de 1867, Mitre deja al Marques de Caxias al mano de todo el ejército aliado y el 17 de abril de 1867 le envía una carta a Caxias con todas las directivas que pensaba debían llevarse a cabo. El acusar recibo el 30 de abril del mismo año, Caxias le responde a Mitre comentándole de los estragos del cólera morbus que hasta la fecha había matado ya 2.000 brasileros con un promedio de 30 víctimas diarias.
El plan de Mitre consistía en moviliza la mayor parte del ejército aliado desde Tuyutí a Tayucué para completar por tierra el sitio de la fortaleza de Humaitá. Una de las bases principales de este plan era Curupayty para evitar la comunicación libre de los vapores paraguayos por el río Paraguay, y tener garantizada el transito de vapores aliados.
El Marqés de Caxias había comenzado los preparativos para el movimiento de flanco en todo el mes de mayo y junio de 1867, pero recién el 22 de julio emprendió la operación, con una fuerza de 38.500 hombres de las tres armas.
El ejército brasilero primero siguió la costa del Paraná hacia arriba, y luego atravesó el bellaco en Paso-Canoa, donde chocó su vanguardia con la nuestra acaudillada por los Mayores Medina yRolón.
Por una mala inteligencia entre los jefes aliados, el ejército argentino marchó por la derecha del Bellaco sin que pudiese recibir ninguna ayuda del brasilero. Al Mariscal López no podía ocultársele el designio del enemigo, un ataque en ese momento hubiera acarreado la desmoralización de todo el ejército aliado, pero sucede que el ejército paraguayo estaba desprovisto de armas y estaba en inferioridad de número de hombres, pensó el Mariscal que la mejor estrategia era la defensa pasiva, ganar tiempo reconociendo el terreno.
El 25 de julio llegó el General Mitre y tomó el mando en jefe del ejército aliado, notando que se habían hecho cambios en su plan, y le reclamó al Marqués.
A medida que marchaba el ejército paraguayo iban colocando un telégrafo bajo tierra, con el alambre aislado sobre el surco que iban dejando con un pequeño arado, previniendo el movimiento enemigo el Mariscal ordenó la colocación de otra linea telegráfica desde Humaitá a Villa del Pilar, por si el enemigo cortaba los caminos no perderían comunicación. También había mandado el Mariscal a asaltar los convoy con víveres de los aliados para poder reponer las fuerzas de sus soldados que estaban vapuleados, así pudo el 10 de agosto gracias al Capitán Gonzales apoderarse de los víveres de alimento de dos convoy de aliados que estaban formados por carretas.
El General Mitre a fin de corregir la omisión del Marques de Caxias, de no mandar forzar el paso de Curupayty, el 5 de agosto ordenó que el paso fuese reforzado por la escuadra imperial. Un almirante brasilero calificó la operación de peligrosa y del paso como inútil. Después de algunas vacilaciones e informes parciales el General Mitre declaró que la operación Curupayty era posible, y la ordenó bajo su responsabilidad el día 12 de agosto, pero recién el 15 de ese mes diez acorazados, con bandera desplegada, forzaron a todo vapor la batería de Curupayty a las 7.30 minutos am. Los buques sufrieron daños de consideración, sobre todo el Tamandaré que al abrir una de las troneras para hacer fuego, le metieron los nuestros una bala que hirió al comandante y a 14 tripulantes, su máquina quedó inutilizable.
El pasaje de Curupayty por la escuadra imprial dejó por descubierto el hecho de que nuestra artillería era impotente contra los buques acorazados. el Mariscal trató de atenuar el efecto moral que pudiera producir aquella felíz operación, dijo que había dejado pasar la escuadra para luego rendirla por hambre, pues colocada entre Curupayty y Humaitá se creyó que los imperiales no podrían recibir provisiones, y que si intentaban repasar Curupayty le hecharía a pique.
Todo lo que hace a la ribera entre estos dos puntos es casi intransitable, excepto por una pequeña lonja de tierra firme que corre por la costa del río de un punto a otro. En medio entre la selva hay un pequeño claro donde el Mariscal puso un puesto de guardia con tres piezas, como los buques imperiales eran muy lento pudieron así darles muchos cañonazos.”
A pesar de que contaban solo con algunos cañoncitos livianos pudieron moverlos de un lado a otro para poder derribar luego a la infantería enemiga que se animaría luego a atravesar ese terreno intransitable para poder ganar una batalla que creían sería facil. Pero no contaron los aliados con el conocimiento del terreno que tenían los soldados guaraní. Mitre planeó una ofensiva carente de inteligencia, los soldados paraguayos se adelantaban a sus pasos, pues era muy evidente su plan.

BIBLIOGRAFÍA: MEMORIAS O REMINISCENCIAS HISTÓRICAS DE LA GUERRA DEL PARAGUAY. Juan Crisóstomo Centurión Tomo III capítulo I


LA GUERRA DEL PARAGUAY Y EL HEROÍSMO PARAGUAYO

Palabras iniciales

El día es claro. La selva tropical traza un cálido círculo verde alrededor de un grupo de hombres y mujeres. En sus rostros corre un viso de desolación. Pero mucho más visible es el orgullo y la convicción que brillan en sus frentes. Frente a ellos, sentado en la única silla disponible, está sentado un mariscal. Sus ojos parpadean con una voluntad enérgica. Cerca titila la frontera, las espesuras del Matto Grosso. Allí, late la oportunidad de la salvación, del exilio.

Pero ya todos esperan que el mariscal, el presidente del Paraguay, Francisco Solano López, decida lo que todos quieren.”Resistiremos aquí, hasta morir, si es preciso”. Y así será.

Desde cinco año atrás, desde 1865, el Paraguay se halla en guerra contra la Triple Alianza, integrada por el Brasil, la Argentina, y el bando “colorado” de la Banda Oriental representado por Venancio Flores. El poderoso ejército paraguayo conoce la victoria aplastante en Curupayty. Pero también la decisiva derrota de Tuyuti. Luego de Tuyuti, la amargura del fracaso y la muerte crece entre las filas paraguayas. En el último tramo de la guerra, los aliados están bajo el mando de los brasileños. En estas circunstancias, se invade la república encabezada por el líder, y también tirano,  Solano López. Junto a las aguas del río Paraguay, es vencida la resistencia de la fortaleza de Humaitá. Así se abre el camino hacia Asunción. En las cercanías de la capital paraguaya se libra la última y desesperada batalla de Lomas Valentinas. Este no es el combate de un ejército contra otro. Es la batalla de un pueblo contra una fuerza invasora. Paraguayos de todas las edades, abandonan voluntariamente los hospitales para unirse en la agónica contienda. Durante seis días se resiste con apasionado coraje. Pero los brasileños quiebran finalmente las líneas de los defensores. Y proyectan sus rabiosas sombras sobre la bella Asunción.

López decide entonces abandonar la ciudad y alejarse con sus últimas fuerzas. Todos avanzan detrás de López. Todos: las mujeres, los ancianos, los niños, los soldados, los enfermos. “Todos anhelan compartir la suerte del ejército y llegar hasta donde el mariscal”, dice un escritor paraguayo. “Mientras su voz siga tronando por montes y laderas, la Patria existe, y en pie queda la obligación de luchar por ella”. Surge así la práctica de la “Residenta”, la patria está allí donde reside su jefe.

Se inicia así la gran caravana. Más de diez mil almas acompañan al mariscal Solano López. Luego de doscientas jornadas de calurosa marcha, la caravana llega hasta Cerro Corá, “escondido entre los cerros”, en guaraní. Diez mil han muerto ya por hambre, por la sed, las enfermedades. Por un viento oscuro que muerde la carne. Solo unos cuatrocientos llegan con López, hasta el Cerro, hasta el sitio que la historia quizá ha predestinado para el desenlace final.

Los brasileños persiguen al último puñado de heroicos paraguayos. Los hijos del imperio amazónico, tienen un jefe: el mariscal de Caxías, que escribe a su emperador, Pedro II, “ “…¿cuánto tiempo, cuántos hombres, cuántas vidas y cuántos elementos y recursos precisaremos para terminar la guerra, es decir para convertir en humo y polvo toda la población paraguaya, para matar hasta el feto del vientre de la mujer…?”. El deseo más hondo no es vencer a un ejército. Lo que se quiere es el genocidio, el exterminio de un pueblo.

López da órdenes de prepararse ante un inminente ataque. Los brasileños logran golpear por sorpresa. La masacre definitiva comienza. Muchos paraguayos son degollados. Solano López es herido en el vientre. Es acorralado por las huestes del Brasil junto a una palmera. El general Cámara, jefe del ataque imperial, intima la rendición: “¡Ríndase, mariscal, le garantizo la vida!”. López endereza sus ojos hacia quien lo exhorta, y con serenidad dice la frase destinada a la historia: “¡Muero con mi patria!”.

Y el jaguar, aun herido, agita desafiante sus garras. Entre los chacales que lo acechan, estalla un fogonazo. Un tiro de un Manlicher perfora el corazón del mariscal Solano López. Su hijo de quince años, Panchito, el coronel Panchito, empuña su espada para defender a su madre, Elisa Lynch, y a sus hermanos más pequeños. También le intiman la rendición. “¡Ríndete! ¡Ríndete!” El hijo también contesta con una frase henchida de hidalguía e historia: “¡Un coronel paraguayo no se rinde”.

Luego de la matanza, al anochecer, Elisa Lynch recoge los cadáveres de su esposo e hijo. Llora junto a ellos. Ora. Y con el temblor y el llanto en sus manos, cava una tumba con una pala que le entregaron los brasileños.

Y los cuerpos vuelven a la tierra. Esa misma tierra que antes recibió el sudor de tantos hombres y mujeres embriagados por las arpas y el grito del heroico Paraguay.

 

En este momento de Historia y simbolismo de Temakel deseamos realizar un pequeño homenaje al conmovedor patriotismo del pueblo paraguayo en los tristes hechos de la llamada Guerra del Paraguay. Especial dimensión simbólica alberga quizá la última expresión de López antes de morir: “¡Muero con mi patria!” Una dolorosa comprensión de que su muerte no era sólo un resonante evento individual sino una dramática destrucción de un sujeto colectivo. Al comenzar los hechos bélicos, la población del Paraguay era de 1.300.00 individuos. Al concluir la sangrienta contienda, sólo sobrevivían unas 200.000 personas. Con patética claridad, la Guerra del Paraguay es símbolo del más trágico poder de la guerra: la aniquilación completa, o casi total, de un universo cultural, de una identidad nacional, de un sujeto popular.

Esteban Ierardo

 

CARTA  DEL MARQUES DE CAXIAS AL EMPERADOR DEL BRASIL, PEDRO II, A PROPÓSITO DEL HEROÍSMO PARAGUAYO

 

Las pruebas abundan, pero hay una que supera a todas en elocuencia y en autoridad. En la biblioteca del Museo Mitre hay un folleto de 13 páginas, que lleva este título: Despacho privado del Marques de Caxías, mariscal del ejército en la guerra contra el Gobierno del Paraguay, a Su Majestad el Emperador del Brasil, don Pedro II.

Caxías es un viejo soldado y al tiempo de firmar el texto que se reproduce parcialmente a continuación, comanda en jefe los ejércitos imperiales. El lugar de data es: Cuartel general en marcha en Tuiucue; la fecha, 18 de noviembre de 1867. Caxías anoticia a don Pedro porque el soberano le ha requerido información, que el marqués envía privadamente aludiendo a “la situación e incidentes más culminantes de los Ejércitos Imperiales”. “Todos los encuentros-anota- todos los asaltos, todos los combatientes habidos desde Coimbra a Tuiuti, muestra, y sostienen de una manera incontestable que los soldados paraguayos son caracterizados de una bravura, de un arrojo, de una intrepidez, y una valentía que raya a ferocidad sin ejemplo en la historia del mundo”.

“…Su disciplina proverbial de morir antes que rendirse y de morir antes de hacerse prisioneros porque no tenía orden de su jefe ha aumentado por la moral adquirida, sensible es decirlo pero es la verdad, en las victorias, lo que viene a formar un conjunto que constituye a estos soldados, en soldados extraordinarios invencibles, sobrehumanos.

“López tiene también el don sobrenatural de magnetizar a sus soldados, infundiéndoles un espíritu que no puede apreciarse bastantemente con la palabra; el caso es que se vuelven extraordinarios; lejos de temer el peligro lo acometen con un arrojo sorprendente; lejos de economizar su vida, parece que buscan con frenético interés la ocasión de sacrificarla heroicamente, y de venderla por otra vida o por muchas vidas de sus enemigos” (…)

“El número de soldados de López es incalculable, todo cálculo a ese respecto es falible, porque todo cálculo ha fallado” (…)

“Vuestra Majestad, tuvo por bien encargarme muy especialmente el empleo del oro, para acompañado del sitio allanar la campaña del Paraguay, que venía haciéndose demasiadamente larga y plagada de sacrificios, y aparentemente imposible por la acción de las armas; pero el oro, Majestad, es materia inerte contra el fanatismo patrio de los Paraguayos desde que están bajo la mirada fascinadora, y el espíritu magnetizador de López”.

“…soldados, o simples, ciudadanos, mujeres y niños, el Paraguay todo cuando es él son una misma cosa, una sola cosas, un sólo ser moral indisoluble…”

“…¿cuánto tiempo, cuántos hombres, cuántas vidas y cuántos elementos y recursos precisaremos para terminar la guerra es decir para convertir en humo y polvo toda la población paraguaya, para matar hasta el feto del vientre de la mujer…? (*)

(*) Fuente: León Pomer, La guerra del Paraguay. Política y negocios, Centro editor de América Latina, pp. 230-231.

 

CERRO CORÁ, LA ÚLTIMA RESISTENCIA PARAGUAYA

Por José María Rosa

 

La caravana empecinada

Soldados abrasados por la fiebre o por las llagas extenuadas por el hambre, sin más prendas de los desaparecidos uniformes que el calzón ceñido por el ysypó, y algunas veces un correaje militar para sostener la canana o pender el sable; pocos llevan el morricón con la placa de bronce del número del regimiento. Descalzos porque los zapatos (y a veces el morrión y las correas) han sido comidos después de ablandar el cuero con agua de los esteros. Mujeres de rasgados tipoys, afiladas como agujas por la extenuación o la peste, preparan el rancho; polvo de huesos (cuando lo hay) cocido con juego de naranjas agrias, si se ha conseguido alguna; las más de las noches, nada. Entonces se roe el cuero de los implementos militares.

Todos están enfermos, todos escuálidos por el hambre, todos sufren heridas de guerra que no han cicatrizado. Pero nadie se queja. No se sabe adónde se va, pero pero se sigue mientras haya fuerzas: quedarse atrás sería pisar un suelo que ha dejado de ser paraguayo y sufrir el atropello de los cambás (los brasileños). Los rezagados también morirán de hambre en la tierra arrasada por los vencedores.

En coches destartalados van Elisa Lynch con los niños pequeños del Mariscal; la cuida su hijo de quince años, el coronel Panchito, improvisado jefe de estado mayor por su padre. En otro, tres fantasmas: la madre y las hermanas de López, flageladas por su debilidad ante la resistencia imposible; en otro, el vicepresidente Sánchez, anciano de ochenta años cuya razón desvaría. Conduce la hueste espectral Francisco Solano. Todavía es presidente del Paraguay y Mariscal de la Guerra contra la Triple Alianza; si no ha podido dar el triunfo a los suyos, ofrecerá a las generaciones futuras el ejemplo tremendo de un heroísmo nunca igualado. No traduce en su rostro impasible, ni en el cuidado uniforme, rastro de desesperación o de abandono. Conduce la retirada espantosa como si fuera una parada militar: “aparentaba la misma clama y tranquilidad de otros tiempos” dirá un enemigo suyo en su detrimento. Aún es Jefe; y un jefe no puede abatirse. En medio de las selvas o los desiertos, en lo alto de las cordilleras mientras lleva a la muerte el pulcro y sereno Leopoldo de América como lo llamara Mitre antes de la guerra.

La caravana va hacia el Norte para eludir la maniobra envolvente de los brasileños que los obligaría a entregarse sin combatir. A veces llega a una aldea, erigida solemnemente en “capital provisional de la República”: Caraguatay, a los pocos días- el 28 de agosto- luego San Estanislao. Después el desierto, pues debe caminarse lejos del río dominado por los caños imperiales. Una huella blanca, formada por las huestes de los caídos, señala a los brasileños la ruta de los fugitivos. Ya no se entierra porque no hay tiempo ni energía para hacerlo; se camina hasta el agotamiento, y cuando se cae, un compañero o compañera toma el arma y sigue. Los bueyes que tiraban de las carretas del parque y los cañones han debido sacrificarse, pero algunas mujeres fuertes y bravías se uncen a los yugos y arrastran los convoyes. Solamente quedan caballos para quienes se reservan los mejores alimentos: pertenecen a los escuadrones y son sagrados: apoderarse de ellos sería un sacrilegio, como inutilizar una carabina o abandonar un cañón.

Siete meses, doscientas jornadas de ardiente sol tropical transcurren en esta marcha única en la historia. Hasta el 14 de febrero de 1870 la caravana trágica llega a Cerro Corá (“escondido entre cerros”, en guaraní), campo de buena gramilla, regularmente protegido, a poco distancia del Aquidabán-niguí, afluente del Aquidabán. Diez mil muertos jalonan la ruta macabra desde la sierra de Azcurra, los que han podido llegar son poco más de cuatrocientos. López da la orden de detenerse en Cerro-Corá, hay alimento para los caballos, alguna pesca y venados y guasunchos cruzan por los cerros. Allí se podría descansar y también morir.

Los colores de España

Llama el Mariscal a consejos de jefes y oficiales. Sentado en la sola silla del campamento (hay que guardar las formas) preside a los suyos que deben hacerlo en el suelo. Habla Francisco Solano: se está en el último rincón de la patria, después viene el Matto Grosso brasileño. Atravesándolo se ganaría asilo en suelo extranjero. Más allá de los cerros está la salvación, pero ya no sería suelo paraguayo. ¿Podría darse fin a la epopeya escapando a la muerte, dejando a Paraguay en poder de los brasileños? Para quitar solemnidad al momento desliza algunas bromas sobre los cambás. ¿Podrían ellos desde el extranjero asistir impasible al apoderamiento de la patria?

“Siguió un silencio -dice el coronel Aveiro- y viendo que nadie hacía uso de la palabra, yo entonces dije al Mariscal que él era el Jefe de Estado y de nuestro Ejército; nuestro deber era someterse a lo que él resolviera. Y entonces el Mariscal dijo: “Bien, entonces peleemos aquí hasta morir“. No se habló más del asunto. El Presidente lo descartó como cosa resuelta. A continuación hizo leer por el Ministro de Guerra, Caminos, un decreto otorgando la medalla de Amanbay a los sobrevivientes de esa acción. No había medallas y con trozos de metal grabado a cuchillo se suple la falta; tampoco se encontraron cintas con los colores patrios, pero en una carreta se halló un trozo rojo y gualda de alguna tienda española. Con esas medallas y esas cintas improvisadas, Elisa Lynch había confeccionado las condecoraciones, que el mariscal fue colgando en las rotas guerreras (cuando las tenía), o en el tahalí que cruzaba el pecho de loas agraciados. Es la última ceremonia solemne del viejo Paraguay.

Los colores españoles sirvieron para premiar, en el campo elegido para morir, a estos nietos de conquistadores dispuesto a mantener enhiesta la virtud de la raza.

El ejército de Cerro-Corá

Después de repartirles “como recuerdo” algunas prendas suyas, el mariscal pasó revista al ejército, cuyos datos anotó minuciosamente el coronel Panchito como jefe de su Estado Mayor. Por es papel recogido en la faltriquera del niño-héroe pocos días después, pueden conocerles los efectivos de López el día del desastre final.

Cuatrocientos mueve, exactamente 409 combatientes de todas las edades, quedaban de los cien mil hombres llamados bajo banderas en los cinco años de guerra: cuatrocientos nueve sobrevivientes del gran ejército lanzado en 1864 contra el Imperio para defender la libre determinación de las repúblicas hispanoamericanas. De sus doscientos regimientos originales todavía existían -por lo menos en la numeración- dieciséis cuerpos: algunos (el 25 de infantería) reducidos a once plazas entre jefes, oficiales, suboficiales y tropa; el más numeroso (el de maestranza) tenía cincuenta y dos. Estaba aún el famoso 4 de infantería organizado por Eduvigis Díaz con los jóvenes de la mejor sociedad asuncena, aunque reducidos a 39 hombres en total. Su abanderado llevaba atado el brazo (pues debió abandonar el asta) un jirón del paño tricolor salvado de la metralleta.

El 1 de marzo de 1870

Catorce días esperan en Cerro Corá el desenlace. Mientras tanto no descuidan las cosas cotidianas; el general Caballero va con unos cuantos jinetes a la caza de venados (esa ausencia le permitiría salvar su vida), el Mariscal y sus hijos tienen espineles en el Aquidabán. Sentado en una palmera caída a orillas del Niguí, López cuenta chascarrillos como si nada ocurriera; diríase un padre de familia en excursión dominical con los suyos. Está tranquilo, muy tranquilo, e infunde confianza a todos. Ha tomado las precauciones militares para recibir a los brasileños como es debido: los cañones custodian la picada de Villa Concepción por donde seguramente llegarán; los caballos están dispuestos y las armas en pabellón para el momento oportuno. Solo resta esperar.

Por las noches  -ardientes y húmedas del verano tropical- se oyen las arpas paraguayas, y algún cantor entona en guaraní las melodías populares. Como si lo que ha ocurrido y está por ocurrir, fuese la cosa más natural del mundo. Algunos indios caygús traen alimentos a los paraguayos: el 28 de febrero advierten a López la proximidad de los brasileños; le ofrecen esconderlo en sus tolderías, en el fondo de los bosques, donde jamás podrían encontrarlos: Yahjá caraí, ndé, topá i chene rephé los cambá ore apytepe (“Vamos, señor; no darán con usted los negros adonde pensamos llevarle”). López agradeció y declinó el ofrecimiento. Su resolución estaba tomada: moriría con su patria.

A la mañana siguiente – 1 de marzo-, algunas mujeres escapadas de los puestos avanzados, llegaron con la noticia de que los brasileños, conducidos por un traidor se habían apoderado, sin combatir, de los cañones. El general Roa, jefe de la retaguardia, acaba de ser degollado con los suyos. No hubo combate, solamente un sorpresa y la matanza. Como a fieras.

Con toda calma, López ordenó ensillar y disponerse en guerrilla. A eso del mediodía, irrumpieron los jinetes del general Cámara. Son muchos, veinte veces más que los paraguayos, y tienen armas de precisión y caballos excelentes. Pero la presencia de los paraguayos dispuestos a la lucha los hace detener. Estos, sin mayores armas de fuego, avanzan en sus escuálidos jamelgos en una carga que debe hacerse al paso; los imperiales eluden a fin de mantener la superioridad que les dan sus carabinas. No se llega al entrevero y la caballería guariní es diezmada.

Después, será el tumulto. Sobre López, atraídos por el uniforme del mariscal, se lanzan el coronel brasileño Silva Tabares y su guardia: Francisco Solano alcanza a ordenar a Panchito que proteja a su madre y a sus hermanos, y hace frente a los imperiales con la sola arma de su espadín de oro -regalos de la patricias paraguayas, en cuya hoja se lee Independencia o Muerte-; el ayudante de Silva Tabares, un apodado Chico Diavo, consigue asirlo de la cintura, al tiempo que que otro soldado le descarga un golpe de sable en la cabeza. López tira una estocada a Chico Diavio, que el brasileño contesta con un lanzazo en el vientre.

“¡Muero con mi Patria!”

En ese momento, algunos paraguayos -el coronel Aveiro, el médico Ibarra, el capitán Arguello- corrieron en auxilio del jefe. Pese a sus heridas, López se mantiene sobre el caballo- “un bayo flacón”- y les grita: “¡Matemos a esos macacos!” Los imperiales, en orden, pero contenidos por el refuerzo que ha llegado a salvar a López, ponen alguna distancia. Aveiro se acerca a López: “Sígame señor”. Lo conduce por una picada que se interna en el bosque, mientras Ibarra y los demás contienen a los invasores. Los brasileños lo sigue: “E o López, é o López” (Es López, es López), y la soldadesca se aprieta en su persecución porque la cabeza del Presiente está premiada con cien libras esterlinas, y todos quieren ganarlas. También el general Cámara endereza su caballo tras el Mariscal; no busca el premio en metálico, pero quiere cobrar la pieza, grande, dar el jaque mate definitivo.

Abriendo sendas por la picada, los paraguayos llegan hasta el arroyo, el Aquidabán-niguí. López, agotado y desangrado, cae de su cabalgadura. Apenas puede tenerse en pie, y Aveiro e Ibarra lo ayuda a cruzar la zanja; quiere subirlo por la barranca opuesta pero el peso del Presidente se lo impide: “Déjenme“, les dice López en guaraní; pero no quieren abandonarlo. Les pide que busquen una subida menos escarpada, dejándolo mientras tanto junto al tronco de una palmera. Llegan los brasileños: un soldado persigue al cirujano Estigarribia por el arroyo, y lo atraviesa de un lanzazo. López trata de enderezarse, pero se desploma cayendo al agua; consigue sentarse y saca su espadín de oro con la mano derecha tomando la punta con la izquierda. Cámara se le acerca y le formula la propuesta de rigor: “Ríndase, Mariscal, le garantizo la vida“, López lo mira con ojos serenos y responde con una frase que entra en la historia: “¡Muero con mi Patria!” al tiempo de amargarle con el espadín. “Desarmen a ese hombre”, ordena Cámara desde respetable distancia. Ocurre una escena tremenda: un trompudo servidor de la libertad se arroja sobre el moribundo eludiendo las estocadas del espadín para soltarle la mano de la empuñadura; el mariscal, anegada en sangre el agua que los circunda, medio ahogado, entre los estertores de la muerte, ofrece todavía resistencia; el cambá lo ase del pelo y lo saca del agua. Ante esa resistencia, Cámara cambia la orden: “Maten a ese hombre“. Un tiro de Manlicher atraviesa el corazón del mariscal que queda muerto de espaldas, con ojos abiertos y la mano crispada en la empuñadura del espadín. “¡Oh! ¡diavo do López!” (“¡Oh! diablo de López!”), comenta el soldado dando con el pie en el cadáver.

El exterminio de los últimos paraguayos es atroz. El general Roa, sorprendido en el arroyo Tacuaras, había sido intimado. “¡Rendite, paraguayo danado!” (¡Rendite, paraguayo condenado!); “¡Jamás!”, y se deja degollar. El vicepresidente Sánchez, moribundo en su coche, es amenazado. “¡Ríndase, fio da put…!” (“¡Ríndase, hijo de …!”); el viejo octogenario abre los ojos asombrado; “¿Rendirme yo, yo?“, y descarga su débil bastón sobre el insolente: un tiro de pistola lo deja muerto. Panchito acompaña a su madre y sus hermanos pequeños que han conseguido refugiarse en su coche; hace guardia junto a la puerta. Llegan los brasileños y preguntan si esa mujer es “la querida de López, y esos niños, “sus bastardos”; Panchito arremete contra los canallas, que sujetan al niño: “¡Ríndete!” “¡Un coronel paraguayo no se rinde!“. Lo matan.

Elisa Lynch cubre el cuerpo de su hijo. Algún desmandado quiere propasarse, y la mujer le impone. “¡Cuidado, soy inglesa!” La deja en libertad. Elisa buscará esa noche el cuerpo de Francisco López Solano para enterrarlo junto al de Panchito en una tumba cavada por sus propias manas. El cadáver del mariscal está desnudo, porque la soldadesca lo ha despojado (el reloj de oro que llevaba esa tarde fue mandado como trofeo a la Argentina). Elisa encuentra una sabana de algodón y amortaja los cuerpos queridos.

Entre el estrépito de triunfo de los vencedores que festejaban su definitiva victoria, Elisa reza su sencilla oración despidiendo a su compañero y su hijo. La noche se ha puesto sobre las tremendas escenas de la tarde, y un farol mortecino, llevado por un niño de nueve años, es la única luz que alumbra el sepelio del gran Mariscal.

La guerra del Paraguay ha terminado.

FUENTE: José María Rosa, “Cerro-Corá”, en La guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Biblioteca argentina de historia y política, Hispamérica, 1985, pp.257-263.

 


Banderas Rosarinas en la Guerra del Paraguay

Por Miguel Angel De Marco,

conferencia pronunciada el 16 de Junio de 1960

Rosario, la ciudad que se debía a su propio esfuerzo, progresaba día a día. Al lado de las casonas coloniales de gruesas paredes y techos de tejas, se levantaban como centinelas del progreso, edificios de dos o tres pisos, verdaderas maravillas en aquellos tiempos en que aún se veían muchos ranchos de barro y paja. Numerosos comercios daban un aspecto de inusitada actividad a las calles céntricas, mientras que en el puerto recibía buques de todas las banderas en su seno. Dos periódicos, El Ferro-Carril” y “El Cosmopolita” publicaban noticias del país y del exterior, cuando no chocaban violentamente , mientras que la “modernísima” imprenta a vapor de Eudoro Carrasco, otra de las maravillas de entonces, inundaba a la ciudad con folletos de carácter político, volantes anunciando un elixir milagroso que curaba todos los males o que en el “Café de Peyrano” se podían adquirir “bien barato” los “helados de helado bien helado” en los más diversos gustos, y la exquisita “agua con burbujas”…

Así era la Perla del Paraná en 1865. Tranquila y a la vez pujante, siempre que no hubieran elecciones. Entonces se convertía en campo de enconadas controversias, que no siempre terminaban bien. Muertos y heridos arrojaron los comicios de gobernador en marzo de ese año.

No obstante, finalizada la lucha, tornaba la tranquilidad. Elegido el gobernador y concluidas  las diferencias, todos lo rodearon amistosamente, decididos a colaborar en su tarea.  ¡Quantum mutatus ab illic!

En abril los rosarinos angustiábanse por la difícil situación entre Argentina y Paraguay. Sabían que los procederes irreflexivos del mariscal López traerían la guerra cuando era más necesaria la paz. El Cosmopolita” exhortaba al gobierno a actuar con calma, diciendo tener la firme convicción de que el Presidente Mitre haría cuanto estuviera en sus manos para mantener la neutralidad.

Todos esos buenos y pacíficos deseos, se verían empañados por un cruel suceso que obligaría al pueblo argentino a armarse en defensa de la intangibilidad de sus derechos.

El 13 de abril, cuando toda Corrientes se hallaba entregada al reposo, cinco buques paraguayos la bombardearon, llevándose luego a remolque a dos vapores argentinos fondeados en su puerto, a cuyos tripulantes degollaron sin piedad, mientras que un gran ejército la invadía…

La noticia que iba a exaltar al espíritu nacional llegó a Rosario tres días después, por conducto del “Esmeralda”, buque insignia de la escuadra brasileña.

Tanto el comandante de la nave como las autoridades restaron importancia al suceso con el fin de no caldear los ánimos, dando un comunicado en el que se anunciaba  que los invasores habían sido rechazados por el pueblo de Corrientes, luego de corta lucha.

Nadie creyó que unos pocos hombres mal armados podían haber derrotado a un ejército tan aguerrido. La inquietud fue en aumento y hasta “El Cosmopolita” se hizo eco de ella, diciendo que consideraba “completamente apócrifa” la noticia y que sí era posible que algo más grave sucediera. [1]

Por fin el 19 se confirmaron las presunciones de los rosarinos. El Paraguay no sólo había ultimado a los tripulantes del “Gualeguay” y del “25 de Mayo”, sino que sus ropas avanzaban rápidamente “con el fin de acampar en Buenos Aires”.

La indignación del pueblo no tuvo límites. No sólo se había violado la soberanía argentina, sino que los paraguayos y paraguayistas se animaban a afirmar que llegarían hasta la Capital de la República. “Estos insultos – decía un testigo de los acontecimientos – debían lavarse con sangre”.

Manifestaciones improvisadas convergieron en el Consulado del Paraguay, frente al cual se entonó el Himno Nacional, y se leyó la proclama del Presidente Mitre, llamando a las armas y los decretos declarando el estado de sitio y movilizando la Guardia Nacional.

Aplausos, vivas a la patria y al gobierno, mueras a López y a la tiranía, atronaban el aire mientras que dos jóvenes arrancaban el escudo de armas de la nación guaraní, al que luego de balear arrojaron al río con un retrato del dictador. [2]

A cada paso se sumaba un hombre a la larga columna que al compás de la marcha de “El Tala” ejecutada por un grupo de aficionados, se dirigía a la plaza 25 de Mayo. Allí varios oradores se refirieron a los acontecimientos que conmovían al país, reconociendo que la única solución aceptable era ir a la guerra. Cerraba el acto un joven de romántica melena, hermosa barba negra e inconfundible estampa. Era Pedro Nicolórich, poeta y periodista que invitaba a la juventud a tomar las armas “en defensa de sus legítimos derechos de argentinos”.[3]

Antes de regresar a sus hogares, un grupo de ciudadanos redactaron un acta en la que se responsabilizaban de los sucesos que habían tenido lugar en el Consulado Paraguayo. La firmaban los más distinguidos habitantes de Rosario.

El entusiasmo desbordó los cuarteles de los batallones “Constitución” y “Caseros”. Anticipándose al decreto de la convocatoria de la Guardia Nacional por parte del Gobierno de la Provincia, hombres ya maduros, jóvenes y hasta algunos niños se presentaron a la Jefatura Política para solicitar su alta como soldados en las citadas unidades. Así también surgió en el seno de la juventud la idea de formar una Compañía inmediatamente para ponerse a órdenes de Mitre. De ello da cuenta “El Cosmopolita” en su número correspondiente a los días 25 y 26 de abril:

“Sabemos – decía – que algunos buenos argentinos van a presentarse al gobierno pidiendo autorización para formar una compañía de voluntarios, para marchar al ejército. Damos un ¡bravo a estos valientes patriotas”

*******

Apenas recibidas en Santa Fe la noticia del ataque en Corrientes, y la copia de los decretos del 16 y 17 de abril sobre la declaración del estado de sitio en todo el territorio y movilización de la Guardia Nacional, se dispuso la reorganización de dos batallones de infantería que guarnecían a Rosario. El 25 de Abril  don Juan del Campillo, gobernador delegado de la provincia, firmaba un decreto en tal sentido encargando que “hiciera cumplir la disposición anterior el ciudadano comandante don José Fidel de Paz” [4] Poco trabajo tuvo este jefe ya que los voluntarios se incorporaban en números elevados viniendo muchos de los campos vecinos, bien equipados y mejor armados.

Dos días después, el doctor del Campillo firmaba otro decreto disponiendo la cantidad de soldados con que debía contribuir cada Departamento a la formación del primer batallón de infantería.

“Las quinientas plazas de que debe componerse el expresado se sacarán a la suerte de la Guardia Nacional de los cuatro Departamentos de la Provincia en la proporción siguiente: por el Departamento de Rosario, trescientos, y doscientos por los de Capital, Coronda y San José”. [5]

La pujante ciudad del sur proporcionó ella sóla los quinientos soldados. Cuiando se realizó el sorteo y muchos quedaron fuera de los contingentes, libres del servicio, se presentaron voluntarios, declarando no poder eludir sus obligaciones para con la patria.

Así, en menos de 15 días, ya estaba prácticamente listo para marchar “El 1ro de Santa Fe”, como se llamó el batallón mandado por el Coronel Ävalos y formado por don José Fidel de Paz. Este jefe escribía al general  Mitre dando cuenta de la adhesión del pueblo:

“Nunca, Excmo señor, en la provincia de mi nacimiento, ha habido mayor entusiasmo ni tan completa decisión para hacer una campaña…Con orgullo puedo decir, Excmo. Señor, que la oficialidad del batallón será compuesta por lo más brillante y distinguido de la juventud santafecina”. [6]

Mientras se organizaba la primera unidad rosarina y se convocaba a la segunda, ocurrían en la ciudad graves acontecimientos. El Cónsul paraguayo, José F. Caminos,

“se ocupaba – informaba el jefe de policía al gobernador – en infundir voces ofensivas a la causa nacional y corrompía a nuestras masas distribuyendo dinero a fin de inocular en ellas un sentimiento adverso al orden, al respeto de las autoridades de la provincia y al espíritu nacional”.  [7]

Don Marcelino Freyre, jefe político, ante la actitud del representante del país vecino, procedía a ordenar a los dueños de los bancos en que los empleados del consulado contaban con fondos que

“retuviesen los valores referidos en poder inter. se daba cuenta al gobierno de la provincia para que este lo pusiere en conocimiento del de la República, a los efectos que hubiere lugar; pidiéndoles al tiempo que expresaran el monto de dichos valores” [8]

Los agentes paraguayos poseían gran cantidad de pesos fuertes y bolivianos, y dos casas, una en la ciudad y otra “a extramuros”, así lo informaban los escribanos Arzac y Llovet. [9]

La difícil situación del cónsul y sus subalternos, que eran hostilizados por el pueblo a cada momento, tornábase grave con la anulación del exequátur a las patentes de Cónsul General, Cónsul y Vice-Cónsul, dispuesta por el Gobierno Nacional, por Decreto del 10 de Abril y con la expulsión de todos los funcionarios del Paraguay, residentes en Rosario. [10]

Con sus bienes embargados, ante la repulsa del pueblo rosarino, partían donde no pudieran ofrecer peligro alguno, quienes habían olvidado que las conciencias argentinas no se compran ni se venden jamás…

*******

El Gobernador Delegado de la Provincia firmaba un Decreto el 7 de Mayo de 1865, por el cual nombraba a los oficiales propuestos por el Coronel Avalos días antes. Delos a conocer los nombres de estos jóvenes abnegados:

CAPITANES: Pedro Nicolórich, Benjamín Sastre, Tomás Argañarás, J. Antonio Echagüe, Augusto Agote y Bernabé Martínez.

TENIENTES 1ros: Manuel Guillón, Marcelino Freyre, Martín Viñales, Anselmo Cabrera, Pedro F. Rueda y David López.

TENIENTES 2dos: Manuel Fernández, Almanzor Lassaga, Sixto Taltabull, Máximo Lara, Benjamín Calderón, y Carlos Rueda.

SUBTENIENTES 1ros: José María Ruiz, Saturnino Lara, Pedro Cortina, Cleto Salvatierra, Joaquín Echagüe y Pedro Rapela.

AYUDANTE MAYOR 1ro: Nicanor Manso.

AYUDANTE MAYOR 2do: Rosario Suárez.

ABANDERADO: Subteniente 1ro Mario Grandoli [11]

Instruir a los Guardias Nacionales fue tarea fácil. El amor a la Patria los había llevado a enrolarse espontáneamente en los batallones que se formaban en Rosario y al hacerlo estaban concientes de la misión que les correspondería cumplir. Sabían que los ejercicios serían duros y la disciplina férrea y sin embargo se prestaban gustosos a ejecutar cuanto se les ordenara. Así se explica que en menos de un mes estuviera la unidad en condiciones perfectas y listas para marchar.

Los campos en que los rosarinos se preparaban para ir a la guerra estaban a extramuros de la ciudad. Allí se iniciaban las tareas a diana y se interrumpían sólo cuando caía la noche. No estaba ausente jamás del campamento el jefe del batallón, quien no solo corregía fallas deslizadas involuntariamente, sino que permanecía horas instruyendo personalmente a los soldados.

Junto al “Santafesino” se alistaba el “Libertad”, a las ordenes del Coronel José Ramón Esquivel, que aún no había sido designado oficialmente para mandarlo. Lo secundaba el mayor Jenaro Racedo, militar de sólido prestigio y dueño de un carácter firme y decidido.

A fines de Mayo, recibían los batallones uniformes de campaña color cáñamo, con vivos rojos, fusiles a pistón, correajes y mochilas. Ya podían verse por las calles de Rosario a los bizarros Guardias Nacionales, luciendo las sencillas y pintorescas ropas.

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No podían estar ausentes en todas estas patrióticas inquietudes, las damas de Rosario. Rivalizaban en patriotismo esas abnegadas matronas y esas dulces niñas de la Perla del Paraná. “El Cosmopolita” nos relata entusiastamente, toda la actividad desplegada en torno a las amistosas reuniones de damas. Mientras se tejía una gorra de lana o se cosía un bornús, se decían cosas tan risueñas como estas. “Si yo fuera Mitre – exclamaba una señorita – declararía traidores a la patria a todos los que toman mate con yerba paraguaya” ¡Qué muchacha tan patriota! Decía el redactor del periódico.

En una de las habituales reuniones en casa de don Juan Rosas, donde se dan cita gran cantidad de señoras, surge la idea de confeccionar banderas a los batallones “1ro de Santa Fe” y “Libertad”. Inmediatamente se abren suscripciones y con lo recaudado, que es mucho, se inicia la tarea. Como las patriotas mendocinas, las damas de Rosario donan sus joyas para bordar las enseñas.

No podemos de dejar de dar la nómina de contribuyentes que trae “El Cosmopolita” del 17 de Junio, y que posibilitaron que doña Dolores Guerra de Medina, doña Angela Cardoso y doña Rosa Aldao, bordaran los sacros paños bicolores:

SEÑORAS: Agustina Carbonell de Lassaga, Tomasa G. De Guillón, María de los Ángeles R. De Rosas, M.S. Carbonell, Teresa L. de Fraguerio, Parmenia de Parkins, Urbana de Palacios, Felisa Correa de Cevallos, Paula de Olivia, Fidelia de Vila, Doidamia de Díaz Velez, María A. de Miller, Celestina de Echagüe, Celestina de Salvá, Eulalia de Gordillo, Zenobia de Guizotti, Rosario de Alvarado, Lucinda de Juárez, Josefa de Ortiz,  Clara de Zubiría, N. de Rosas, Manuela de Rivas, Angela Benegas, Celestina Álvarez, Asunción de Paganini, Rosa de García, Petrona de Brignardollo, Feliciana Zabala, Trinidad de Paz, Lucía de Echeverría, Romana G. De Areoza, Ricarda G. de García,  J.C. de Rodríguez, Enriqueta de Rosas, Trinidad de Carbonell, Trinidad de Llanti, Rosario de Ferrer, Inés de Ramayo, Inés nicolorich de Aldao, Joaquina de Arrotea, Eulogia de Salvatierra, Adela Ojeda de Hertz.

SEÑORITAS: Leopoldina Rodríoguez, Cristina Rodríguez, Cfarmencita Alvarez, Angelita Jáuregui, Panchita Rodríguez, Virginia A. de Arrotea, Carmencita Guillón, Manuela y Julia Álvarez, Dolores García, Eulogita Rosas, Eloísa Arzac, Honoria Suárez y Albina Palacio.

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Pasan los días. El 17 de Junio, en una animada reunión social que se lleva a cabo en la casa de don Juan Antonio Rosas, y a la que concurren los jefes y oficiales del batallón “Santafesino”, las damas rosarinas entregan la bandera por ellas costeada al jefe de la unidad, coronel José María Avalos. La enseña es de gran tamaño, con franjas iguales celestes y blancas. Lleva bordado un gran escudo de hilos de oro y un sol enjoyado, notándose también la siguiente inscripción, hecha también en oro “Batallón Santafesino – 1865”

Hace uso de la palabra entre otros el Mayor don Miguel Panelo, quien manifiesta que “esa bandera volvería ilesa en su honra pero acribillada por las balas del enemigo después de haber vengado las injurias hechas a la Nación”. [12]

En esta misma reunión en que se entonó con cálido acento el Himno Nacional, y se renovaron briosas manifestaciones por parte de los jóvenes voluntarios, surgió la idea de dotar de una bandera al batallón “Libertad”, que no la poseía aún. Ofreciose para bordarla, acompañada por la señorita Angela Cardoso, la señora Delfina Fernández de Almería, distinguida dama rosarina. Se renovaron las contribuciones y muy pronto pudieron abocarse a la tarea de bordar la enseña que irá a tremolar en la lejana y misteriosa república del Paraguay.

Dos días después de la entrega de la bandera del “1ro de Santa Fe”, se realizó en la Iglesia Catedral la solemne bendición a cargo del cura párroco, Dr. Don Claudio Seguí. Pronuncia una vibrante arenga el jefe político, Dr. Freyre, quien señala a los jefes y oficiales que la provincia, y aún más la ciudad que los vio nacer, espera de ellos que sepan conducir con honor y gloria la bandera entregada por el bello sexo de Rosario. [13] Acto seguido, procede el Mayor >Miguel Panelo a tomar juramento a la tropa, pronunciando con tal motivo bellas palabras que no podemos dejar de repetir:

“Acaban de depositar en nuestras manos el inmortal pabellón azul y blanco que nuestros mayores nos legaron como herencia de su heroísmo y de sus virtudes. Aquí, señores, a pocos pasos de nosotros, por una bendita aspiración del vencedor de Tucumán y Salta, se levantaron por primera vez los colores que debían ser más tarde la enseña de redención para más de la mitad de Sud América. Mirad el centro y advertid que ese sol no tiene manchas. Puro ha resplandecido en cien batallas,  sin ocultarse y descender jamás para las armas argentinas. Venid pues y jurad conmigo, en presencia de la heroica y venerada tradición que acabo de evocaros, el sacrificio espontáneo de la vida para conservarle a esta bandera el esplendor y gloria que le dieron los padres de la patria. Venid y prometed solemnemente devolverla inmaculada al generoso bello sexo de Rosario, que en nombre de la Nación la ha confiado a nuestro honor, para que pueda conservarla en ese templo, como testimonio de haber cumplido fielmente el sagrado deber que en este instante contraemos. ¡Oh, sí! Ya podréis entonces, cada uno de vosotros, al regresar de la cruzada, decir con noble orgullo: Yo soy uno de los que sostuvieron esa preciosa bandera en las jornadas memorables del Paraguay. Y en fe de que así lo juráis, gritad: “Viva la gran Nación del 25 de Mayo!”   [14]

Quinientas voces varoniles respondieron al llamado del jefe, con un vibrante ¡Viva! que resonó en toda la plaza, indicando a los que observaban la ceremonia que podían estar seguros de los voluntarios que enviaba Rosario a la lid.

“El Cosmopolita”, periódico que recogía y transmitía el sentir del pueblo, decía al referirse al “1ro de Santa Fe”:

“Sorprendidos quedamos ayer al presenciar la parada y las evoluciones de nuestro batallón, uno de los más grandes del ejército. El material es excelente; los hombres todos robustos, sanos y dóciles; los oficiales activos, trabajadores e inteligentes…el Rosario puede tener un legítimo orgullo del batallón que manda como contingente, pues pocos batallones en el ejército serán mejores…Si el Coronel Avalos se debe mucho por su actividad y celo, el puede enorgullecerse por el honor de llevar a campaña tan brillante batallón”. [15]

El 8 de Julio será el día más triste para los rosarinos. El batallón “1ro de Santa Fe” ha recibido orden de embarcarse inmediatamente para el teatro de guerra y va a hacerlo en el vapor “Pampero”. Nadie mejor que “El Cosmopolita” relatará como dijo adiós Rosario a sus hijos:

“Allí la madre se despidió del hijo, la hermana del hermano, la esposa del marido, los amigos del amigo, en fin, el que quedaba del que partía, el pueblo entero de aquella parte de sí mismo que abandona el hogar, la familia, para ir a verter su sangre por la Patria…Ese fue un momento conmovedor, triste e imponente”. [16]

Formada la unidad en la cubierta, rodeando los oficiales al abanderado, se entonó el Himno de la Patria, mientras el vapor partía suavemente. La bandera flameaba orgullosa de tanto renunciamiento, de tanta nobleza, pero podría haberse dicho que no se agitaba con fuerza, sino quedamente como si la tristeza ambiente llegara a ella.

*******

Cinco días tardó el “Pampero” en llegar a destino. El 13 de Julio, los flamantes soldados en campaña veían de a bordo un mar de tiendas blancas diseminadas en impresionante extensión. Eran las nuevas casas de miles de ciudadanos que abandonándolo todo habían corrido en defensa de la Patria. Ejemplo de tales renunciamientos, pocas veces se vieron en la historia…

El General Mitre queda entusiasmadísimo por el porte y la marcialidad del batallón:

“En la mañana de hoy – escribe al Ministro de Guerra Gelly y Obes – fondeó el “Pampero”, desembarcando poco después el batallón de Santa Fe, al que visité enseguida. Los jefes y oficiales nada dejan de desear y presiento que este batallón ha de saber cumplir con su deber en el campo de batalla”. [17]

El Generalísimo proclamó a la Guardia Nacional de Santa Fé con bellas palabras, evocando pasadas glorias y exhortándolo a aumentarlas. [18]

Poco tiempo pasará para que se de al batallón una misión de gran importancia. Decidido el general en Jefe a rendir Uruguayana, ordena que el batallón “1ro de Santa Fe” lo escolte, tocándole asistir a las acciones que culminaron con la total rendición de la plaza sitiada.

En tanto se desarrollaban estos acontecimientos en el frente de lucha, en Rosario de aprestaba el “Libertad” a partir a campaña. Compuesto en su totalidad de voluntarios y siendo sus oficiales [19] jóvenes de expectable posición social y méritos reconocidos, formaba un plantel inmejorable con que Santa Fe contribuía en exceso a la formación del Ejército Nacional. Su jefe, el Coronel Esquivel, era toda una garantía de probidad, capacidad y aptitudes militares, lo mismo que el Mayor Racedo. “Tales jefes – diría más tarde el General Fotheringham – tales cuerpos. ¡De tal palo tal astilla!

La bandera del batallón “Libertad” fue bendecida en tocante ceremonia el 13 de Julio de 1865. En tal oportunidad, el Dr. Freyre, padrino de la ceremonia, pronuncia un vibrante discurso, expresando entre otros conceptos:

“Aquí tenéis el pabellón azul y blanco, es el emblema del honor y dignidad de la Nación, la expresión más genuina de nuestras pasadas glorias y el signo que simboliza nuestras libertades, nuestras instituciones y nuestro derecho. Yo, en nombre del pueblo que represento, de este pueblo que os ve con satisfacción llenar vuestro deber, hago votos para que seáis los destinados a añadir nuevas glorias a las que ya cuenta nuestra hermosa bandera. Recordad que con ella jamás el soldado argentino hizo una campaña en que no conquistase miles de trofeos. Quiera el cielo que al regresar a la provincia de vuestro nacimiento, vuestra sien venga orlada del galardón con que la victoria debe premiar a los guerreros que en el campo de la lucha cumplen con su misión”. [20]

Seguidamente, y entre las aclamaciones de los asistentes a la emotiva ceremonia, tomó el juramento de práctica el coronel Esquivel. “El señor Coronel pronunció unas palabras – dice “El Cosmopolita” – que no publicamos por no haber podido conseguirlas pero con la energía y el fuego que manifestaba, se veía claramente el entusiasmo que dominaba a aquel valiente y viejo soldado”. [21]

En una reunión ofrecida a los oficiales, brindaron conocidas figuras como el viejo y glorioso coronel Pablo Díaz, el veterano de la independencia don Manuel A. Pueyrredón y varios jóvenes rosarinos. Todos coincidieron en resaltar el patriotismo y la noble decisión de los voluntarios del batallón “Libertad”. Dos días más tarde se renovaban las escenas de dolor al partir a campaña lo que quedaba de la juventud rosarina. Contados eran los que permanecían por órdenes del gobierno, no por su voluntad, pero que pronto irían a reunirse a los que despedían, cuando Rosario enviara a la guerra su tercer contingente de la Guardia Nacional.

Pasan los meses, rendida Uruguayana las tropas aliadas inician la campaña de Corrientes. Luego de largas marchas se establece todo el ejército en el campamento de Ensenaditas. Allí llega en enero de 1866, el batallón “General Paz”, formado en Rosario, a las órdenes del teniente Coronel Daniel Villafañe, con veintiséis oficiales [22] y doscientos veintitrés soldados. Es abanderado el subteniente Justo Sócrates Anaya quien al finalizar la guerra seguirá la carrera de las armas, para retirarse cargado de años y de servicios con el grado de General de Brigada.

El Comando en Jefe resuelve la fusión de esta unidad con el “Libertad” y crea un regimiento que lleva el nombre de “Rosario” y que es puesto a las órdenes del coronel Esquivel, siendo segundo jefe el Teniente Coronel Villafañe y tercero el mayor Jenaro Racedo. [23]

El pasaje al territorio paraguayo se cumple con toda felicidad por el Paso de la Patria, luego de un combate con los defensores en la orilla opuesta. El “1ro de Santa Fé” y el “Rosario” integran con otras unidades, el primer cuerpo del ejército argentino. Ya en territorio paraguayo se libra una cruenta batalla en el Estero Bellaco. El Regimiento “Rosario”que acababa de relevar al “1ro de Santa Fe”  de su puesto de vigilancia en la vanguardia, recibe todo el peso del ataque enemigo y de no ser por el valor de los rosarinos, la derrota hubiera sido inevitable. Dejemos que el veterano mayor Casiano Ortiz, oficial del “Rosario” en la Guerra del Paraguay, nos relate cual fue la actuación de la unidad en la batalla:

“Fueron las primeras banderas (todavía se llevaban las de los dos ex batallones “Libertad” y “General Paz” juntas, no habiéndose dispuesto cuál de las dos iba a ser retirada) que flamearon en el Estero, las del Regimiento “Rosario” , pues el jefe de la División coronel Matías Rivero, en un delirio de entusiasmo por su conducta, hizo que las banderas avanzaran hasta que el estero lo permitiera y se hicieron tremolar bajo las baterías de los cañones del enemigo, enlodando a una de ellas con el lodo del estero salpicado por las balas de cañón”  [24]

Después de la acción de Estero Bellaco, la bandera del batallón “Libertad” es guardada en un cofre de honor, por haber quedado destrozada, y se envía a Rosario. Aquí estará durante la intendencia del señor Meyer, en un cuarto destinado a depositar trastos viejos, hasta que en su oportunidad fue honrada por las autoridades municipales, yendo a engalanar la Sala del Concejo Deliberante primero, y el Museo Histórico Provincial después. [25]

24 de mayo de 1866. Batalla de Tuyutí. Las unidades rosarinas se destacan brillantemente. El “1ro de Santa Fe” y el “Rosario” se cubren de gloria, y sus banderas, sostenidas por los jóvenes abanderados Grandoli y Anaya, flamean en medio del combate, en tanto que las balas las acribillan poniendo en serio peligro a los que las llevan. El Coronel Avalos, cuyo Cuerpo perdiera ochenta y dos hombres, felicita al portaestandarte que demostrara no temer a la muerte en esa horrible batalla que fuera considerada por los más destacados especialistas en temas castrenses, la más grande y sangrienta de América del Sur.

Batallas de Yataytí  Corá y Sauce. Los rosarinos vuelven a conquistar laureles entre el fuego de los fusiles enemigos, en honrosos puestos de vanguardia. Tres batallas se habían ganado luego de derramar torrentes de sangre generosa. Pero aún faltaba para no esterilizar los esfuerzos realizados, tomar un puesto clave, sin el cual no era posible, así lo pensaban los altos jefes aliados, continuar la campaña: Curupaytí.

Luego de una lluvia de varios días, el comando en jefe decide el ataque. El 21 de Septiembre se hicieron grandes preparativos, al día siguiente se intentaría el asalto a la formidable trinchera.

“Amanecía el 22 de Septiembre – dice el General Garmendia – ¡Solemne despertar!. Las armonías del himno patrio conmovían tantos corazones que pronto dejarían de latir. Un bello sol de primavera apareció perezosamente detrás de la selva del oriente, esparciendo sus brillantes tintes sobre el silencioso campamento, que esperaba impasible la orden de ponerse en marcha. Algún tiempo después, la vibración de la artillería de la escuadra atronaba la atmósfera y se sentía bien distintamente el ruido espantoso de las granadas que se lanzaban al campo enemigo”. [26]

El batallón “1ro de Santa Fe” había sido designado por el General Mitre para servir de vanguardia a todo el ejército argentino. Marcha al frente de la brigada compuesta por el batallón “Rosario” y el 5 de línea, el coronel José María Avalos y manda al “Santafesino” el teniente coronel Joaquín Lora, en forma accidental.  Siguen a esta brigada afamados regimientos de línea y de Guardia Nacional. El regimiento “Rosario” se encuentra a las ordenes del mayor Racedo, ya que el coronel Esquivel manda la tercera división.

A las doce y media las tropas de la primera división pisan el terreno descubierto y se inicia el asalto Los cañones paraguayos comienzan a vomitar metralla haciendo grandes estragos. El “Santafesino”, a cuyo frente va Grandoli, recibe en pleno la descarga. Caen muchos soldados, la artillería ha abierto una gran brecha. Se oyen los gritos de los valientes oficiales rosarinos. ¡No es nada, cierren los claros! ¡Adelante! Mariano Grandoli, con su poco peso, consigue encaramarse en la trinchera y desplegar la enseña de la Patria. Estoicamente, impertérrito, el niño héroe, erguido mostrando el pecho al enemigo, desafía las balas, mientras que nuestros voluntarios al contemplar al portaestandarte, hacen prodigios de valor.

Todos los batallones se confunden en una masa de hombres desesperados por escalar las posiciones. Son derribados por centenares. De pronto, Mariano Grandoli cae como fulminado por un rayo. Las balas que lo han respetado por más de una hora, cumplen con su misión de dar muerte. [27]

Corren a rescatar la enseña Pedro Nicolórich, los distinguidos Frutos y Azcurra, y el teniente Cortina. Se adelanta el Capitán y arranca la bandera de las crispadas manos del héroe. Con fuerza la arroja hacia donde están sus subalternos, y en el momento de hacerlo, recibe un balazo que le destroza el brazo. Pocos días después morirá en Corrientes el heroico oficial que siendo en Rosario un importante personaje, escritor, poeta exquisito, considerado por todos como político de nota y posible diputado en los días en que estalló la guerra, dejara todo para correr en defensa de la Patria. En este homenaje a la bandera, se asocian en la veneración las figuras del heroico Mariano Grandoli, que cayera en su intento de penetra vencedor en la trinchera, y del valeroso capitán Pedro Nicolórich que la salvara de caer en poder del enemigo, al igual que Frutos, Cortina, Azcurra y tantos otros cuyos nombres no han quedado y que dejaron sus vidas para posibilitar que no fuera arrebatado por el enemigo el azul-celeste y blanco trapo, enrojecido por la sangre del niño héroe.

Al ordenarse la retirada, se comprueba que lo mejor del Ejército ha quedado en Curupaytí. Cientos de cadáveres alineados dan cuenta del drama. Son muchos de ellos jefes ¡y qué jefes! Charlone, Fraga, Díaz, mientras que en la trinchera quedan Salvadores, Rossetti, y tantos otros, a merced del enemigo.

Se conmueve el espíritu al evocar la cruel tragedia y a la vez se reconforta en el recuerdo de tanto heroísmo. El coronel Avalos escribe a Juan Antonio Rosas, días después del asalto, refiriéndose a la bandera:

“Salió con catorce balazos, perdiendo la vida quien la llevaba tan dignamente y retirándose toda su escolta, sus distinguidos todos heridos. Hecha pedazos como está y manchada con la sangre del intrépido subteniente 1º de bandera D. Mariano Grandoli, tal vez no la conozcan más las señoritas que la trabajaron; sírvase decirles a ellas que en al ataque del 22 fue la primera bandera que flameó contra la trinchera, mediante haber sido el batallón para servir de vanguardia a todo el ejercito argentino. Sírvase decir a las señoritas que bordaron la bandera, no se olviden de los que quedaron en Curupaytí que tal vez ellos recordaran de ellas por el tanto arrojo que hubo”  [28]

Para reemplazar a Mariano Grandoli, es designado el “distinguido” Frutos que asciende a subteniente y tiene la gloria de hacer tremolar el sagrado lábaro hasta el fin de la contienda.

Siguió la campaña. En 1867, los bizarros batallones rosarinos incorporan nuevos laureles a sus enseñas. El 27 de Marzo llevan a cabo un difícil reconocimiento en los campos de Angulo, junto al 1 de línea y al regimiento de caballería “General Lavalle”. Gracias a esta acción los paraguayos se retiran y se concentran en Humaitá. Cruentas batallas vuelven a librarse. Tuyú Cué, Chaco, Servicio de Lagunas. En Lomas Valentinas (27 de Diciembre de 1868), el cabo Tiburcio Aldao  del “1ro de Santa Fe”, toma al enemigo una bandera que entrega al General Gelly y Obes, entonces comandante del ejército argentino. [29]

Después de esta batalla que significó una derrota definitiva para el tirano del Paraguay Francisco Solano López, las unidades se encuentran en los desfiladeros de Ascurra, tomados a la bayoneta por el “1ro de Santa Fe” Cerro San Joaquín, Villeta y Asunción, demostrando un valor y abnegación dignas de encomio.

Finalizada la guerra, retornan las tropas a Rosario. Manda al batallón “1ro de Santa Fe” el teniente coronel Enrique Spika, y el regimiento “Rosario” el joven teniente coronel Napoleón Berreauto. El “Santafesino” que fuera a la campaña con 564 plazas, retorna solo con 175.

Los actos celebratorios del regreso de los guerreros alcanzan proyecciones inusitadas. Hasta el presidente Sarmiento llega para recibir a los Guardias Nacionales. En los diarios “La Capital” de los días 20, 21 y 22 de enero, podemos leer interesantes crónicas de aquellas celebraciones.

Domingo Faustino Sarmiento concurre al solemne Te Deum celebrado por el cura párroco doctor Martín Piñeiro, en la Iglesia Matriz. La gente ha cubierto todos los espacios del templo. Muchos son los mismos que en 1865 despidieron a los noveles guerreros ya veteranos, y entre ellos, vestidas de luto, las madres de Grandoli, Nicolórich, Guillón y Calderón, llorando silenciosamente. La ciudad engalanada ve desfilar a sus hijops que retornan victoriosos. Marchan al frente de las fuerzas los tenientes coroneles Spika y Berreauta y lo sigue la plana mayor. Ya no queda nada de los brillantes uniformes y de los guantes de cabritilla que llevaron para entrar “en tres meses en la Asunción”, como lo asegurara Mitre para infundir entusiasmo en la juventud.

Los inválidos, en carruajes descubiertos abrían la marcha de la columna. Lo seguían los veteranos llenos de cicatrices y rodeados de una aureola de gloria marchando bizarramente. Las banderas del batallón “Santafesino” y del Regimiento “Rosario” son recibidas por el Intendente Municipal, don Salvador Carbó, en una emotiva ceremonia que detalla “La Capital” del 1 y 2 de Febrero y de la que extraemos el siguiente comentario con respecto a la enseña del “1ro de Santa Fe”:

“aquella bandera que habían recibido de las damas rosarinas y jurado sostener en los campos de batalla, volvía al mismo suelo, no ya con el brillo de la tela ni del escudo de oro, pero sí con el esplendor de la gloria imperecedera que conquistara entre el humo de sus combates”

Después de una breve estada en el Municipio, la enseña del “1ro de Santa Fe” fue llevada a la Jefatura Política. Tampoco estuvo allí mucho tiempo, porque el coronel Hernández, disponiendo de ella como si fuera suya, la obsequió al General Lorenzo Vinter, meritorio jefe de destacada actuación en la Guerra del Paraguay. Este jefe la conservó junto a la del “Rosario” hasta su muerte. Por disposición suya, sus hijas la donaron al Museo Histórico Nacional, donde permaneció la primera (la del “1ro de Santa Fe”) hasta 1941, en

que fue trasladada a Rosario, en tocante ceremonia. [30]

Aún se encuentra en Buenos Aires la gloriosa enseña que tremolara en Estero Bellaco y que ganara la entusiasta admiración del bravo coronel Rivero, junto con la del ex batallón “Libertad”, la  que felizmente atesora el Museo Histórico de nuestra ciudad. Debo solicitar al pueblo de Rosario, a las autoridades respectivas, que esta enseña sea restituida para su custodia en esta ciudad patricia que tanto dio a la Nación en los días aciagos de la Guerra del Paraguay. Será un acto de estricta justicia. Que para el próximo aniversario de Estero Bellaco, podamos recibir con fervorosa devoción a la gloriosa bandera del regimiento “Rosario”. Comprometámonos a aunar nuestros esfuerzos para lograr que se cumpla lo que estimamos un mandato histórico. Que en 1961 podamos ver juntas, como en aquellos días lejanos de la guerra de la Triple Alianza, a las tres enseñas que bordadas por delicadas manos femeninas fueron a vindicar el honor nacional en los esteros y selvas paraguayas.

FOTOS:

Nro 1: BANDERA DEL BATALLON “1ro de SANTA FE” acribillada por las balas en el asalto a Curupaytí.

Nro 2: BANDERA DEL REGIMIENTO “ROSARIO”, destrozada por la metra en Estero Bellaco.

Nro 3: Subteniente 1ro de Infantería MARIANO GRANDOLI

Nro 4: General de Brigada JUSTO SÓCRATES ANAYA (Abanderado del Regimiento “Rosario” en la Guerra del Paraguay).

APÉNDICE

Decreto nombrando oficiales del Batallón “LIBERTAD”

Santa Fe, Julio 1ro de 1865

“Habiéndose aceptado las propuestas elevadas por el coronel D. José R. Esquivel, para oficiales del batallón “Libertad” de Guardias Nacionales movilizados. – El Gobierno de la Provincia.

Acuerda y decreta:

Art. 1ro: Nómbrase oficiales del citado batallón, a los individuos siguientes:

EN LA PLANA MAYOR

Para AYUDANTE MAYOR 1ro, al teniente 2do D. Salvador Aguilar

Subteniente de Bandera, al ciudadano D. Vicente Racedo.

EN LA COMPAÑÍA DE GRANADEROS

Para CAPITAN, al Sargento Mayor de Guardias Nacionales D. Segundo Ramayo.

Para TENIENTE 1o, al igual clase de Guardias Nacionales D. Blas Ramayo.

Para TENIENTE 2o, al Alférez D. Benigno Maldonado.

Para SUBTENIENTE, al ciudadano D. Eugenio Toledo.

EN LA 1ª COMPAÑÍA

Para CAPITAN, al de igual clase D. Victor Esquivel.

Para TENIENTE 1º, al de igual clase D. Benedicto Baigorria.

Para TENIENTE 2º, al ciudadano D. José Felix Solís.

Para SUBTENIENTE, al ciudadano D. Rodolfo Palavecino.

EN LA 2ª COMPAÑÍA

Para CAPITAN, al Tte 1º de Guardias Nacionales D. José Lencina.

Para TENIENTE 1º, al de igual clase de Guardias nacionales D. Cipriano Tabares.

Para TENIENTE 2º, al ciudadano D. Remigio Bermudes.

Para SUBTENIENTE, al ciudadano D. Dermidio Espinosa.

EN LA DE CAZADORES

Para CAPITAN, al de igual clase de Guardias Nacionales D. Jesús Paez.

Para TENIENTE 1º, al ciudadano D. Miguel Juárez.

Para TENIENTE 2º, al ciudadano D. Manuel Ríos.

Para SUBTENIENTE, al ciudadano D. José Juárez.

Art. 2º Expídase los correspondientes despachos, comuníquese, publíquese y dése al R.O.

OROÑO

Juan del Campillo”

Decreto en el Archivo Histórico de Santa Fe. Gobierno. Año 1865, leg. 5, s/foliar.

DECRETO NOMBRANDO OFICIALES DEL BATALLON RESERVA

“GENERAL PAZ”

Santa Fe, Agosto 8 de 1865.-

“El Gobierno de la Provincia –

Acuerda y decreta:

Art. 1º Nómbrase oficiales del batallón de reserva “General Paz”, a los individuos siguientes:

Para CAPITANES, D. Gabino Olmedo, D. Bernabé Cárdenas, D. Genaro Silva, y D. Mamerto Machado.

Para TENIENTE 1º, D. José Mugica.

Para TENIENTE 2º, D. José Ruiz, D. Lucio C. Rodríguez, D. Julián Moreno y D. Ramón Millares.

ALFÉREZ INSTRUCTOR, D. Cirilo Molina.

Art. 2º Expídaseles los correspondientes despachos, comuníquese, publíquese y dese al R.O.

OROÑO

Juan del Campillo”

DECRETO NOMBRANDO OFICIALES DEL BATALLON RESERVA

“GENERAL PAZ”

Santa Fe, Septiembre 4 de 1865.-

“El Gobierno de la Provincia

Acuerda y decreta

Art. 1º Nómbrase oficiales del batallón reserva “General Paz”, a los ciudadanos siguientes.

Para CAPITANES, Emilio Onrubia y D. MiguelItuarte

TENIENTE 1º, D. José M. Pacheco.

TENIENTE 2do, D. Higinio F. De Paz y D. Cándido Lencinas.

SUBTENIENTES SEGUNDOS, D. Lázaro Morales, D. Ponciano Roblado, D. Nestor Guemes, D. Enrique Buenanueva, D. Blas Carrión, D. Nilamón Guemes, D. Manuel Heredia y D. José Zeballos.

AYUDANTE MAYOR 10, al Capitán D. Eustaquio López.

AYUDANTE MAYOR 2º, al Teniente D. José Ruiz.

ABANDERADO, al alférez D. Sócrates Anaya.

Art. 2º Expídase los correspondientes despachos, comuníquese, publíquese y dése al R.O.

OROÑO

Juan del Campillo”

Decreto en el Archivo Histórico de Santa Fe. Gobierno. Año 1865, leg. 5, s/foliar.


[1] “El Cosmopolita”, 17 de Abril de 1865.

[2] En nuestro libro próximo a aparecer, “Santa Fe y la Guerra del Paraguay”, estudiamos con más atención estos sucesos.

[3] Cfr. Miguel Angel De Marco: “El Capitán Pedro Nicolorich, un rosarino ilustre”, publicación del Instituto de Investigaciones Históricas “Brigadier General Estanislao López”, Nro 1, año 1959.

[4] Registro Oficial de la Provincia de Santa Fé, Tomo IV, página 344.

[5] Ibídem, página 346

[6] Archivo del General Mitre, (Presidencia de la República), Tomo XXIII, página 145.

[7] Nota del Jefe de la Policía de Rosario al Oficial 1ro del Ministerio de Gobierno de la provincia, en Archivo Histórico de Santa Fe, Gobierno, Tomo 27, Log 5, folio 424.

[8] Ibídem.

[9] Ibídem, Anexo 2-3 (Cartas de los escribanos).

[10] Registro Nacional, Año 1865, página 199.

[11] Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe, Tomo IV, páginas 349 – 350.

[12] “El Cosmopolita”, 18 de Junio de 1865.

[13] Archivo de la Jefatura de Policía de Rosario, Año 1865, leg. “Impresos”.

[14] “El Cosmopolita”, 21 de Junio de 1865.

[15] “El Cosmopolita”, 5 de Julio de 1865.

[16] “El Cosmopolita”, 5 de Julio de 1865.

[17] Archivo del Grl Mitre, Tomo III, página 35.

[18] Esta proclama fue impresa y distribuida en el Ejército. Copia en nuestro poder.

[19] Véase sus nombres en el Apéndice.

[20] Archivo de la Jefatura de la Policía de Rosario, año 1865, leg. “Impresos”.

[21] “El Cosmopolita”, 14 de Julio de 1865.

[22] Véanse sus nombres en el Apéndice.

[23] El teniente Coronel Villafañe se retiró poco después, quedando Racedo en su lugar.

[24] Cfr. CASIANO ORTIZ: “El Regimiento “Rosario” tiene un glorioso historial”, en “La Capital”, 30 de Octubre de 1911.

[25] El Intendente Municipal, coronel Felix Goulú, decretaba el 10 de Octubre de 1911, la formación de una comisión compuesta por los doctores Juan Alvarez, Antonio Cafferatta y Alberto parody, para que estudiara la forma de conservar la histórica bandera.

[26] JOSE IGNACIO GARMENDIA, “La cartera de un soldado”, página 35.

[27] El joven abanderado escribía a su madre presagiando su fin: “Mañana seremos diezmados por el enemeigo pero yo he de saber morir por la bandera que me dieron”. Carta en Legajo “Grandoli”. Archivo del Museo Histórico Provincial de Rosario.

[28] En Archivo del Museo Histórico Provincial de Rosario, leg. “Grandoli”.

[29] Cfr. DAMACENO FERNÁNDEZ, “Batallón Santafesino”, en “La Capital”, 31 de Enero de 1870.

[30] El 31 de Mayo de 1935, las señoritas DINA y Nelly Vinter hicieron entrega de las banderas del batallón “1ro de Santa Fe” y regimiento “Rosario” al director del Museo Histórico Nacional, en una emotiva ceremonia. Estaban presentes los últimos sobrevivientes de la campaña al Paraguay, almirante Rafael Blanco, Contralmirante Diego Laure, coronel Antonio Sagasta y teniente coronel Nicanor Sagasta. Cfr. “La Nación”, 1 de Junio de 1935.


La Guerra según Esteban Ierardo

El conflicto bélico del Paraguay no fue una guerra más.

Fue una gran matanza cercana a la condición del genocidio en el caso del pueblo paraguayo. El Brasil sufrió 168.000 bajas y un gasto de 56.000.000 de libras esterlinas. La Argentina tuvo 25.000 muertos y un gasto de 9 millones de libras esterlinas. El Uruguay padeció de 3.000 mil muertos y experimentó una deuda de 248.000 libras esterlinas. Pero Paraguay fue la gran víctima. Antes del inicio de la guerra su población era de 1.300.000 personas. Al final del conflicto, sólo sobrevivían unas 200.000 personas. De éstas, únicamente 28.000 eran hombres; la mayoría de las cuales eran niños, ancianos y extranjeros. Del poderoso ejército paraguayo de 100.000 soldados, en los últimos días sólo quedaban cuatrocientos. Al expirar la guerra, luego de la infructuosa defensa de Asunción en Lomas Valentinas, más de diez mil paraguayos protagonizaron una caravana de la que sólo unos pocos sobrevivieron. Tras doscientos días, los espectrales viajeros llegaron a Cerro-Corá. Rodeado de selváticas y tórridas extensiones, López decidió una resistencia final. Su hijo, el coronel Panchito, de solo quince años, morirá protegiendo a sus hermanos menores y a su madre, Elisa Lynch. López mismo perecerá, afirmando con seguro orgullo: “¡Muero con mi Patria!”.

Antes de la conflagración asesina, el Paraguay prometía un notable desarrollo industrial. Fue el primer país sudamericano en poseer ferrocarril. Luego del extermino de buena parte de su población, la nación paraguaya nunca pudo recuperar su antiguo esplendor.

La guerra del Paraguay fue más destructiva que otros conflictos de aquella época como la Guerra de Crimea, la Guerra de Secesión de Estados Unidos o La guerra Franco-Prusiana. En la raíz del conflicto está la imprudencia de Venancio Flores al aliarse con Brasil para conseguir el poder político en su propio país, la ambición de los brasileños respecto al Uruguay, y los interese ingleses en mantener un “estado tapón” (el Uruguay) para impedir que Argentina o Brasil monopolizarán la navegación por el Río de la Playa o el río Uruguay. Sin eximirla de sus responsabilidades, Argentina fue el garante de la conservación de la independencia y la soberanía territorial paraguayas. Argentina sabía de las intenciones del Brasil de anexarse la tierra del mariscal que sucumbió en Cerro-Corá. Mediante arduas gestiones diplomáticas, se logró la firma del tratado Irigoyen-Machain por el que se determinaron límites territoriales definitivos y se consiguió la retirada de los brasileños del Paraguay el 22 de junio de 1876.

En este momento de Galerías históricas de Temakel, buscamos promover el recuerdo de aquella trágica guerra en la que existió mucha traición y bajeza, pero también mucho heroísmo y pasión por la propia tierra y amor por las insignias nacionales.

Las imágenes que le presentamos aquí fueron obtenidas por la compañía fotográfica del irlandés George Thomas Bate. A su vez, la difusión y conocimiento de estas fotografías se deben en parte al destacado esfuerzo de Miguel Ángel Cuarterolo, editor gráfico del diario argentino Clarín. Muchas reproducciones fotográficas fueron extraídas de las albúminas originales existentes en museos, álbumes familiares, y colecciones privadas.

La guerra del Paraguay, el genocidio casi completo de un pueblo sudamericano, es una de las más dolorosas turbulencias de la historia. Su recuerdo es un acto de justicia para todos los que padecieron y murieron en días en los que el sol nunca brilló.

Esteban Ierardo

FUENTE: http://www.temakel.com/ghdegparaguay.htm

 


Captura de los barcos argentinos

Captura de los barcos argentinos “25 de Mayo” y “Gualeguay” el 13 de Abril de 1865

Lo que sigue es parte de las memorias del Capitán de Fragata Constantino, publicadas en folleto en 1906, ya que el autor dispuso que si las creían de alguna importancia las publicasen después de su muerte. Falleció el 22 de Agosto de 1905.

El 1ro de Abril salimos de Buenos Aires, a bordo del vapor nacional “25 de Mayo” con destino a Corientes. Llegamos a ese puerto el día 11 donde se encontraba también el vapor “Gualeguay”. El día 13 del mismo mes (Jueves Santo) a las 6 de la mañana encontrándome sobre cubierta pues estaba de guardia, avisté cinco vapores que venían en dirección a nosotros. Tomé el anteojo para ver mejor y por este medio dime cuenta de que eran vapores paraguayos armados a guerra y tripulados por 3000 hombres más o menos, vestidos de colorado y bien armados. Se dirigían al puerto de Corrientes.

 

Al llegar frente al vapor “25 de Mayo” , el jefe de la escuadra paraguaya hizo señal de cambiar la línea y prepararse a combate. Esto lo comprendí porque el libro de señales de ellos era igual que el nuestro. Al ver esta evolución avisé inmediatamente al 2do Comandante, capitán Domingo Olivieri, que me ordenó hiciera cargar la batería a bala y metralla y tuviera la infantería lista, preparando también una mecha en la Santa-Bárbara por si el enemigo venía al abordaje y no nos diera tiempo a defendernos.

 

Sin embargo, a pesar de la maniobra que habíamos visto, saludamos con la bandera al enemigo, pero éste no contestó a nuestro saludo, lo que nos convenció de las intenciones hostiles con que se presentaba, y de la verdad de los díceres que corrían, de que así iba a suceder.

 

Sin esperar más, mandamos enseguida a llamar al comandante de nuestro buque, D. Carlos Mazzin, que se hallaba en tierra, viniendo éste inmediatamente a bordo, pues casualmente venía cuando le avisaron. Una vez a bordo, nos ordenó que nos desarmáramos pues el no tenía ninguna instrucción respecto a este incidente, y nos dijo también que el señor Gobernador Lagraña le había manifestado que no tuviese cuidado con la escuadra paraguaya, puesto que ésta no tenía nada que ver con nosotros. Pero cuando se le dio cuenta de las maniobras que habíamos visto hacer comprendió que habíamos sido traicionados y que nosotros seríamos la carnada, y así sucedió!.

 

Para cualquier maniobra de nuestra parte, era ya tarde; puesto que acto contínuo cargaron sobre nosotros dos vapores paraguayos, el Legoré y otro cuyo nombre he olvidado, uno a babor y otro a estribor. Los demás hicieron fuego a tierra y al vapor argentino “Gualeguay” que estaba atracado a la costa con planchada a tierra, por lo que pudieron salvarse los oficiales y tripulantes de este buque, abandonándolo por completo. La autoridad Provincial también abandonó la ciudad quedando por consiguiente sólo nosotros en poder de la escuadra pirata.

 

Como dije antes, vinieron al abordaje de nuestro buque, vapor “25 de Mayo”, dos vapores paraguayos, el Legoré con 300 hombres y el otro con 200, y sin darnos tiempo a nada, que aunque lo hubiéramos tenido nada hubiéramos podido hacer, pues sólo éramos 80 hombres desarmados.

Subieron a bordo y lo primero que hicieron fue ultrajar el pabellón argentino, lo arriaron y pisotearon, gritando viva López “mueran los porteños” y así tomaron posesión del vapor, matando a todos los que se encontraban por  delante o que quisieran hacer resistencia.

 

Enseguida bajaron a la cámara y sacaron de allí a palos a los tenientes Calvo y Leitón y los subieron sobre cubierta.

 

Al ver esto nuestra tripulación, una parte de ella y tres oficiales se tiraron al agua y allí perecieron todos, los unos ahogados y los otros fusilados en el agua misma.

 

En vista de eeste triste espectáculo, en que se mataban a hombres indefensos, pedí al comandante del Legoré, Avelino Cabral, que contuviera a su gente e hiciera respetar la vida de los pocos que aún quedábamos, contestándome que no podía contenerlos. Lo único que hizo, que tal vez haya sido mucho en esos momentos, fue agarrarnos entre él y sus oficiales y echarnos al vapor Legoré, salvando de este modo nuestras vidas del furor de esos salvajes o fieras sedientas de sangre. Allí nos pusieron incomunicados, siguiendo viaje la escuadra enemiga a Itapirú, llevando la presa humana como también los dos vapores argentinos, el nuestro y el Gualeguay, éste sin gente.

 

El Capitán Constantino permaneció prisionero de las fuerzas paraguayas durante 4 años, 4 meses y cinco días.

 


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